Historia de un aprendiz – Capítulo 1: Porqué decido practicar medio fondo, la competencia y grandes lecciones.

¿Por qué decidí ser un deportista?

Aunque de niño soñaba con poder realizar acrobacias y proezas de fuerza, no me di la oportunidad de trabajar para ello, hasta que fui adolescente. El primer compromiso con el desarrollo de mis capacidades, lo contraje a los 14 años, a través del atletismo.

El atletismo es el deporte de las capacidades fundamentales, aquellas que permitieron sobrevivir al ser humano durante el 99% de su historia: correr, saltar y lanzar. Es lógico que, para nuestro ADN, sean habilidades básicas.

Relevante para el tema general de esta web, no tanto para mi yo de 14 años. En ese entonces, pasaba por un conflicto existencial conmigo mismo. Me sentía solo y necesitaba “pertenecer a un grupo”, pero a uno especifico, el club de atletismo de mi colegio.

Sin restar importancia a la motivación que he tenido desde pequeño, por sí sola no me había bastado para perseguir mis sueños, siendo esta necesidad social, quien me empuja a poner manos a la obra.

“Los sentimientos negativos se pueden usar a favor.”

Mis compañeros y la disyuntiva en el alto rendimiento.

Por lo general, al iniciar en atletismo, se practican todas (o varias) pruebas: carreras de velocidad, resistencia y con obstáculos; saltos largos y altos; lanzamientos de bala, jabalina y martillo, etc.
La idea es que el atleta novato se familiarice con todo el espectro que ofrece el deporte, cuya variedad a nadie deja indiferente. Conforme avanza, se van descubriendo sus fortalezas.

A nivel general, trabajar sobre las fortalezas genera mas rendimiento que hacerlo sobre las debilidades. Así, se define qué practicar para sacar el máximo provecho al tiempo de entrenamiento. La mejor de las estrategias, si tu objetivo son medallas.

Varios compañeros tuvieron un conflicto con esto, querían destacar competitivamente, pero tenían afinidad con pruebas distintas a sus fortalezas. Con el tiempo, la disyuntiva se hacía mas grande. Cuanto mas progresaban, más competitivos se volvían sus rivales en los campeonatos.

Para la mayoría, dejaba de ser sostenible el “querer cazar dos conejos”. Debían tomar una decisión.
La mejor de las guías es preguntarse:

  • ¿Qué persigo al invertir mi tiempo en entrenar este deporte? ¿Cuál es mi propósito?

Respondida la pregunta, resta definir si, ese motivo, se satisface en la competitividad del deporte, o en las retribuciones personales que le genere a cada uno.

Manifestación de mis motivaciones y la solución a esa disyuntiva.

Siendo apenas un novato estaba muy lejos de enfrentar esa decisión, pero de alguna manera ya la tenía resuelta.

A diferencia de la mayoría, entré decidiendo mi especialidad. Es más, me negué a practicar cualquier otra prueba. Lo único en mi mente era ser corredor de medio-fondo.

En medio-fondo se hacen carreras de distancias medias, poniendo a prueba la resistencia y velocidad del atleta. Fracasarían, rotundamente, si desafiaran a un velocista en los 100 metros, lo mismo con un fondista en la maratón, pero ninguno les sería rival entre los 800 y 3000 metros, su territorio.

A los 14 años creía que el símbolo del atletismo eran las carreras y todo los demás, complementos. Como “iba enserio”, resté importancia a las demás pruebas y quise dedicarme solo a las carreras. Fue un error, me perdí de una riqueza increíble en movimiento y habilidades, aplicables a todas las disciplinas que practiqué después.

Dentro de las carreras, creía que el medio fondo era la prueba más difícil, porque combinaba dos capacidades opuestas. Pensaba en los velocistas y en los fondistas: “los primeros son rapidísimos, pero no tienen resistencia, en tanto los segundos, tienen mucha resistencia, pero son lentos.”

Mi lógica fue, si podía mantener una buena velocidad durante tanto tiempo, tendría las bases para desafiar a cualquiera, velocista o fondista, solo tendría que ajustar mi velocidad a la distancia y ya está, sería el dios de las carreras. Entrenar medio fondo, me llevaría a ello.

Fue otro error, las adaptaciones musculares y a nivel de sistemas energéticos no funcionan así.
Sin embargo, rescato un acierto muy valioso en esta decisión: estaba pensando en cargarme la prueba más difícil, para desarrollar al máximo mis capacidades. Mi motivación de niño había aflorado y desplazaba la influencia de esa necesidad social.

“Las motivaciones sobre una misma cosa, pueden cambiar.”

Competencia, habilidades y su efecto en los planes.

Llevaba cerca de dos meses entrenando, cuando me ofrecieron competir en Osorno, “codo a codo” con mis compañeros atletas. No me sentía preparado, pero no podía perderme esa oportunidad. Con dudas y todo, acepté. Era en una semana.

Antes de esa oferta, me sentía genial entrenando, perseguía un sueño, pero uno que no me exigía resultados inmediatos. No es lógico pasar de “simple mortal” a “super humano” en unos meses. Aquella meta me motivaba, pero, al saberla tan lejana, no me presionaba. Era demasiado cómodo.

Cuanto más lejos la meta, menos concreta. Cuanto menos concreta, menos presión hay por cumplirla.

La competencia cambió mi escenario, me dio un objetivo para cumplir ya. Aquello hizo que me esforzase más y, no tan curiosamente, acercarme a mi meta principal. El esfuerzo traería sus recompensas.

Un buen plan cuenta con distintas metas: una grande para cumplir luego y varias pequeñas para cumplir ya. Serán las pequeñas quienes nos lleven a la grande, por eso, además deben estar alineadas.

Por si fuera poco, no se trataba de cualquier objetivo, mi prueba era los 800 metros planos. Mis compañeros más experimentados me advirtieron:

“Es una carrera tan corta que debes correr a tope, pero lo suficientemente larga, como para caer rendido en la primera vuelta, si no te mesuras”.

En la carrera más rápida del estilo, la línea entre “mesurar” y “correr a tope” es muy delgada. El atleta necesita, más que nunca, esa sensibilidad consigo mismo para saber cómo correr al 60%, 75% o 90%.
Siendo a penas un novato, no la tenía. Más incentivo para mis entrenamientos.

No me recuerdo consiente de esto, pero las mejoras en rendimiento que se pueden tener en una semana son marginales, incluso para un novato (mejoran más rápido). Aunque los entrenamientos fuesen físicos, los resultados esperados estaban, casi totalmente, a nivel mental.

El día del campeonato, un versus a sí mismo.

Estaba ansioso. Por un lado quería correr ya, por el otro, quería esperar y ver como lo hacían los demás, Me sentiría más preparado.

Hice ambas, mis compañeros me “invitaron” a un trote de calentamiento en un terreno frente a la pista. Pude correr, mientras veía a otros competir. Logré relajarme y reservar todas esas ansias como «combustible».

La hora había llegado. Para mi fortuna, no estaba solo, correría con (aunque también en contra) un par de camaradas, por lo demás, los mejores del estilo. No me importaba mi remota posibilidad de ganar una medalla. Yo competiría contra mí mismo y compartiría el logro de mis compañeros.

La carrera

8 corredores dispuestos en los 8 carriles de la pista. Todos preparados, listos y, al sonido del disparo, ¡ya! A penas comenzó la carrera, cada uno buscó su lugar en el primer carril. Recordé sus advertencias: “Mesúrate, no busques la primera posición hasta que remates”.

No fue difícil mantenerse detrás, de haber corrido a tope no pasaría de estar unos cuantos segundos en la cuarta posición.
Fui sexto al completar la primera vuelta. Sonaron las campanas, aquellas que avisan la vuelta final de cada atleta. El momento de acelerar.

Seguía sexto, quedaban solo 150 metros cuando escuché los gritos de apoyo de mis camaradas:
¡DALE AGUSTÍN, PÍCALA PÍCALA! Fue una inyección de adrenalina, como el nitro de un auto en el clásico Need for Speed.

(Por cierto, «pícala» es un modismo chileno, significa «¡CORRE!».)

Me recomendaron “explotar” en los 100 metros finales. Lo olvidé y partí 50 antes.

En los últimos 80 metros pasé al quinto lugar, el cuarto no estaba lejos. Quedaban 50 metros cuando lo vi correr a mi lado, ambos peleábamos esa posición, corriendo a tope, usando todo lo que nos restara. No era demasiado, la pista tiene un “apetito voraz”.

Ya me sentía cuarto, cuando en los últimos 20 o 30 metros, mi rival consigue una aceleración que yo no pude igualar. Terminé la carrera a un metro de la posición que peleaba.
Salí quinto, le gané a 4 personas: 3 competidores y a mi mismo. Estaba orgulloso, sobre todo por ganarle a ese último.

En conclusión, una reflexión.

El mundo del deporte es un gran maestro para la vida. Ahora soy consiente de aquello. Lo bueno, es que esta «consciencia tardía», no nos sirve para escapar de su formación.

Todas estas experiencias quedan en el inconsciente y desde allí nos educan. Las emociones asociadas a los actos influyen en nuestras decisiones. Estas, a su vez, en nuestras vivencias. Son estas vivencias, y nuestra respuesta a ellas, quienes forman lo que somos.

Es muy probable, que este enfrentamiento con el atletismo se parezca mucho a alguno de los tuyos con la vida en general. Seguramente, estas lecciones que destaco, ya las hayas sacado de otras experiencias.

Sin importar que hayas o no practicado deportes, ya se te has enfrentado al sentimiento de inseguridad e incomodidad al experimentar algo nuevo. Conoces el éxito, el fracaso y lo que se siente durante el proceso que es un éxito o un fracaso.
También has de ser consiente de la importancia del apoyo de personas que brinden aliento o mentores guías.

En resumen, ya sabes lo que es un desafío y cuentas con tus propios métodos para enfrentarlo. Piensa en cualquiera que te haya tocado, o decidido vivir. Aunque fueses principiante, este mundo no te puede ser muy desconocido.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *